martes, 9 de octubre de 2007

Barrilete

Anoche les leía a las nenas un cuento noruego que viene en un libro que se llama Historias desde el hielo. Lo compramos el otro día en Corrientes y todavía no estoy segura de que sea un libro para chicos. Las historias son raras: un padre estresado que trae un hijo equivocado de la guardería, nenes que están a punto de morirse ahogados en un ríacho, una nena sordomuda que está en una estación de micros y quiere disimular que es sordomuda, una chica eléctrica que se desintegra cuando besa a su enamorado (en realidad, decidimos comprarlo porque estaba este cuento que se llama “La chica eléctrica” y nos pareció gracioso).
El que les leía ayer trataba sobre los barriletes y sobre un chico que había decidido atar a su abuelo gruñón, amarrete y cascarrabias a uno de ellos y soltar el piolín. El abuelo se quedaba volando unos días por ahí arriba a la vista de todo el pueblo, pero un día por fin se perdía en el cielo, Lo gracioso es que el abuelo después mandaba una carta desde alguna “playa del pacífico” diciendo que no pensaba volver porque en ese lugar había mujeres hermosas y se estaba divirtiendo mucho.
La historia del barrilete me hizo acordar una historia mía con un barrilete. Todavía vivíamos en los monoblocks de Celina. Mi papá nos había prometido armar uno para nosotros, igualito al que él hacía de chico. Fuimos a buscar cañas al pajonal ese que estaba junto a la iglesia, compramos papel de muchos colores —ese papel casi transparente y muy finito— y algo de hilo y nos sentamos a la mesa del comedor para armarlo. Era raro estar haciendo algo con papá. Él no era del tipo de papás que se la pasan haciendo actividades con sus hijos. Cuando estábamos en la mitad del trabajo, mamá nos llamó a comer (los siete comíamos en una mesa rebatible en la cocina). No me acuerdo qué comimos, yo sólo pensaba en el barrilete, quería terminarlo lo antes posible para hacerlo volar al día siguiente. Comí rápido y me escapé al comedor sin hacer ruido. Me puse a cortar el papel con la tijera como yo pensaba que tenía que cortarse: en triángulos. Al rato vino papá y me dijo que estaba mal, que así no era, que había arruinado todo el papel. Mis hermanos me miraron con cara de "sos una pendeja imbecil", mi mamá me retó y me dijo algo así como “por qué Cecilia siempre haces esas cosas, por qué no sabés esperar, tener un poco de paciencia”. Creo que esa fue la primera vez que pude identificar una sensación parecida a la culpa, la culpa por haber arruinado el barrilete y todo lo que venía con él. Mamá tiró el papel a la basura, papá guardó las cañas y yo tuve la fantasía de que al otro día pudiéramos ir a comprar más papel y terminarlo. Aunque sea para sentirme un poco menos culpable. Pero no, no fue eso lo que pasó.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Me partiste el corazón con la historia de tu barrilete.

Jade dijo...

jajaja..¿tanto?

ari dijo...

qué terrible la culpa cuando uno es chiquito!! comparto el sentimiento del anónimo.

uruguaya dijo...

a mí también me dio penita...

Detu dijo...

¡¡Pobre!! Te carcomía la culpa seguro, igual ahora te podés desquitar y armar un barrilete con tus niñas, ¿no?